Es muy probable que, en más de una ocasión, te hayas sorprendido a ti mismo pensando que las personas de tu entorno carecen de valor, que son poco útiles o, de forma más directa, las has tratado de estúpidas. Como terapeuta, te aseguro que descalificar así al otro no es un simple rasgo de tu personalidad, ni una señal de que seas superior a los demás. En realidad, suele ser el eco de una herida antigua que tu mente utiliza para protegerse de posibles daños.
Tu «superioridad» como escudo protector
Para que entiendas por qué te ocurre esto, es fundamental acudir a la mirada de Alfred Adler.
Él sostenía que muchas veces, detrás de una actitud arrogante o despectiva, se esconde una profunda sensación de inseguridad. Cuando una persona no se siente suficiente por dentro, puede construir una especie de máscara de superioridad para compensar ese malestar. Desde ese lugar, descalificar a los demás le da una ilusión de control: si el otro es menos capaz, entonces yo me siento más fuerte.
El problema es que ese desprecio funciona como un escudo que protege momentáneamente, pero también impide crear relaciones reales y cercanas, porque mantiene a la persona lejos de su propia vulnerabilidad y de la posibilidad de encontrarse con los otros desde un lugar más humano.
La desilusión con tu padre y su huella en tu presente
Otra perspectiva que nos ayuda a comprenderte es la de Heinz Kohut.
Él ponía el foco en cómo nos construimos a través del vínculo con nuestros padres. De niño, necesitábamos admirar al padre y verlo como alguien fuerte y sabio para sentirnos seguros en el mundo. Sin embargo, si vivimos una gran desilusión —sentir que él nunca nos vio, no nos entendió o que no era capaz de darnos la razón—, esa imagen idealizada se rompió antes de tiempo.
Kohut planteaba que los niños necesitan poder mirar a su padre —o a quien cumpla ese lugar— con cierta admiración sana. Cuando esa posibilidad no existe, porque el padre fue ausente, frío o decepcionante, puede quedar una sensación interna de vacío e inseguridad.
Desde ahí se hace difícil confiar en otras personas o reconocer su valor. Algunas veces, para protegerse de una nueva herida, la persona aprende a descalificar a los demás antes de darles la oportunidad de fallar, como una forma de no volver a sentirse tan vulnerable.
Hacia una nueva forma de mirar a los demás
Este hábito de pensamiento podría teñir tu día a día impidiéndote conectar con las fortalezas reales de quienes te rodean.
Mi trabajo contigo en terapia consistiría en ayudarte a cuestionar ese juicio que aparece de forma casi mecánica. No busco que todo el mundo te agrade, sino que comprendas que esa necesidad de descalificar fue una herramienta que te sirvió para sobrevivir al dolor de la desilusión, pero que hoy solo te aísla.
Si te das el permiso de trabajar en la sanación de ese vínculo primario y refuerzas tu propia seguridad, verás cómo ese prejuicio empieza a perder su razón de ser. Te darás la oportunidad de descubrir que los demás no son una amenaza para ti, sino personas con múltiples matices que, hasta ahora, no te habías permitido observar.
Soy Fernando Aylwin, psicólogo y constelador familiar

