Si cuando eras niño perdiste a alguien importante y nadie te explicó qué pasaba, es posible que dentro de ti haya quedado una mezcla de dolor, miedo y confusión. Antes de los 12 años, tu sistema emocional aún estaba aprendiendo a comprender lo que sentías, y necesitabas que un adulto te guiara en ese proceso.
Cuando eso no ocurre, el duelo infantil queda inconcluso. Las emociones no expresadas se acumulan desembocando en una confusión: no sabes si está bien llorar, si es correcto hablar de lo que pasó o si debes aparentar que todo está bien.
Cuando el cuerpo expresa lo que se calla
Tal vez, con los años, notaste que te cuesta estar en calma, que vives con ansiedad, inquietud constante o que te resulta difícil concentrarte. Muchas veces, esos síntomas se parecen al trastorno de déficit atencional e hiperactividad (TDAH), pero su origen puede estar en una herida emocional no resuelta.
Cuando el entorno calla el dolor, cuando se silencia el duelo infantil, el niño o niña aprende a reprimir lo que siente. Esa represión emocional se traduce más tarde en una hiperactivación del sistema nervioso, irritabilidad o insomnio. Tu cuerpo empieza a expresar lo que tu alma no pudo decir.
Sanar el duelo pendiente
Sanar ese duelo no significa revivir el sufrimiento, sino darle un lugar y un sentido. En terapia, puedes trabajar con tu niño interior, explorar lo que quedó suspendido y liberar la energía emocional contenida.
Los enfoques terapéuticos como la terapia del duelo o la psicoterapia cognitivo-conductual ayudan a reconocer y elaborar la pérdida de forma segura. Cada paso se da a tu propio ritmo, con respeto por lo que fue y por lo que aún duele.
Cerrar el ciclo y seguir más liviano
Si sientes que hay una tristeza antigua que nunca supiste de dónde venía, quizás sea momento de mirarla con ternura. Acercarte a un psicólogo puede ser el inicio de ese proceso de liberación.
Sanar no borra el pasado, pero te permite vivirlo de otra manera. Al cerrar ese ciclo, recuperas la calma, la claridad y una nueva ligereza interior. Es una forma de abrazar al niño que fuiste y de ofrecerle, por fin, la paz que tanto necesitaba.
Soy Fernando Aylwin, psicólogo y constelador familiar.

