Acompaño a muchas personas que llegan a mi consulta con una pregunta parecida: “Sé que esta relación no me hace bien, pero no logro terminarla”. Si te reconoces en esta vivencia —o has sido testigo cercano de algo así—, quiero aclararte de que no se trata de falta de voluntad ni de debilidad. La dificultad para terminar relaciones suele tener raíces más profundas de lo que parece.
Cuando el miedo a la soledad pesa más que el malestar
Cuando una relación se alarga, se corta y vuelve a iniciarse, o se sostiene a pesar del sufrimiento, a menudo lo que está operando no es el amor, sino el miedo. Miedo a estar solo, a no ser suficiente, a no encontrar a nadie más. En mi experiencia clínica, estas emociones suelen ir de la mano con una autovaloración frágil: cuesta darse prioridad, cuesta creer que uno merece algo mejor.
Aquí es donde la psicología del desarrollo aporta una mirada muy esclarecedora. La psicóloga Mary Ainsworth, a partir de sus investigaciones sobre el apego infantil, mostró cómo la forma en que fuimos cuidados y valorados en la infancia influye la manera de vincularnos como adultos. Cuando en los primeros años no hubo suficiente seguridad emocional, reconocimiento o disponibilidad afectiva, puede instalarse un persistente temor al abandono.
Ese temor no siempre se experimenta de manera consciente. A veces aparece disfrazado de esperanza excesiva, de aguantar más de la cuenta, de pensar “esta vez será distinto”. Otras veces se manifiesta como una dificultad para terminar relaciones, incluso cuando el vínculo es insano.
Desde esta perspectiva, no es raro que alguien prefiera una relación que duela antes que enfrentar la soledad. No porque la soledad sea peor, sino, porque ella activa una herida antigua: la sensación de no ser visto por los demás, de no ser elegido, de quedarse emocionalmente solo.
Lo importante —y aquí quiero ser muy claro contigo—, es que esto no es una condena ni algo fijo. Los patrones de apego (que describió Ainsworth) ayudan a comprender el origen del problema, pero no determinan tu futuro. Comprender de dónde viene lo que hoy te pasa ya es un primer movimiento terapéutico.
Por eso, cuando notes que la dificultad para terminar relaciones se repite en tu vida, vale la pena detenerse y mirar con honestidad:
¿Qué es lo que realmente temo perder?, ¿la relación o la sensación de no valer sin ella? ¿Qué experiencias tempranas pueden estar influyendo en cómo me vinculo hoy?
Trabajar estos temas en terapia permite algo fundamental: empezar a construir una valoración personal que no dependa de ser elegido por otro. Poco a poco, la soledad deja de vivirse como amenaza y se transforma en un espacio posible. Y desde ahí, las decisiones cambian.
Si este texto resonó contigo, no es casualidad. Escuchar esa resonancia y buscar ayuda profesional puede ser el primer paso para dejar de repetir vínculos que duelen y comenzar a elegir desde un lugar más seguro y propio.
Soy Fernando Aylwin, psicólogo y constelador familiar.

