¿Estás sin energía, sin fuerzas, sin muchas ganas de continuar viviendo? ¿O sientes que funcionas en piloto automático, sin experimentar ninguna sensación grata? Si te identificas con alguna de estas preguntas, es posible que estés frente a un cuadro depresivo, muchas veces desencadenado por un duelo no realizado.
En mi práctica clínica lo veo con frecuencia: la depresión es más común de lo que se cree, y entender cómo se desarrolla es el primer paso para pedir ayuda a tiempo.
De la tristeza a la depresión: una enfermedad que crece si no se trata
Para explicarte la relación entre tristeza y depresión, me gusta usar una analogía médica.
Piensa en un resfriado de invierno. Dura unos diez días y, si te haces cargo —paracetamol, abrigo, evitar cambios bruscos de temperatura, mascarilla en lugares concurridos—, el cuerpo lo supera. Pero si no haces nada, ese resfriado puede derivar en una infección que ya requiere médico y antibióticos. Y si tampoco tratas esa infección, puede extenderse hasta los pulmones y convertirse en neumonía: una condición grave, urgente y potencialmente mortal.
La tristeza es algo parecido. Cuando tiene su origen en un duelo, la manera de superarlo está en llorar lo que hay que llorar, patalear si es necesario.
Evitar ese proceso es lo que convierte una tristeza natural en depresión.
La depresión es una neumonía de tristeza
Y como toda neumonía, requiere tratamiento urgente: visita al psiquiatra, medicación específica y, en algunos casos, hospitalización. No es algo que pueda resolverse solo con fuerza de voluntad, del mismo modo en que nadie espera que un enfermo de neumonía se cure sin remedios ni atención médica.
Si sientes que llevas demasiado tiempo cargando una tristeza que no cede, la urgencia de buscar ayuda es mayor. Pide ayuda. Visita a un psiquiatra. No dejes que esa neumonía de tristeza siga avanzando.
Tu vida vale el tratamiento.
Soy Fernando Aylwin, psicólogo y constelador familiar.










